Inicio Nacional COLUMNA | Cuidado con las “autocríticas” de la izquierda

COLUMNA | Cuidado con las “autocríticas” de la izquierda

 

Por Juan Cristóbal Demian*

El triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil supuso un shock para la izquierda sudamericana del mismo nivel que el de Trump y el Brexit para la izquierda del hemisferio norte.

Sin embargo las características del socialismo en el hemisferio sur y en especial en Latinoamérica tienen características propias que son necesarias de recordar antes de tomar postura respecto a los destinos de la izquierda de nuestra región, sumida en un ya vociferado ejercicio de autocrítica.

De partida la izquierda sudamericana, a diferencia de la del hemisferio norte, está envuelta en áura de víctima, debido a que fuera aplastada por las dictaduras militares locales durante la Guerra Fría, mientras que en los países desarrollados, bajo el ejemplo de China y la URSS, el socialismo fue visto como el genocida victimario.

Por su implosión, las izquierdas del norte, y por su emergencia desde la clandestinidad, las del sur, ambas encontraron un camino en común, esconderse en la socialdemocracia mundial y nacional para llevar a cabo sus reformas ideológicas y nutrirse de todas las causas minoritarias posibles, especialmente las basadas en identidad étnica y de género.

Conforme estas causas ya no eran patrimonio de los más pobres, sino que incluso tenían su foco en las clases medias altas, las izquierdas se volcaron a su público local; es decir, siendo que en la historia los principales ideólogos y caudillos de izquierda han sido de las clases más altas, de repente se vieron sin necesidad de bajar tanto a predicar a los más pobres, sino que podían hablarle a más gente como ellos mismos en la comodidad de un Starbucks o de un bar caro con postales del Che y de Fidel.

Pero esta nueva izquierda aún convive con los resabios de la generación anterior, la que metió los pies hasta el fango al menos a medias, pero que fieles a su visión un poco más antigua de la izquierda se volcaron a sacarle máximo provecho al Estado y al fisco, esta es la izquierda de Cristina K. y de Lula, éste último el causante de la debacle en Brasil para su sector.

Lula hizo el camino completo del revolucionario, e incluso se codeó con la créme de la créme de la intelectualidad de izquierda europea, como el filósofo Félix Guattari, quien lo incentivara a llevar a cabo su proyecto tropical; aleonando a los más pobres del norte de Brasil se hizo de un imperio ideológico espacialmente definido y una vez en el poder se entregó a los placeres de borrar la línea entre el poder y el dinero. En un país ya corrupto, Lula aprovechó sus directrices ideológicas para encauzar esa corrupción y que diera más frutos, secuestrando a sus votantes más pobres de manera clientelar, es decir, a cambio de programas sociales financiados con dinero de dudosa reputación.

Esta fue la forma de reinventar el socialismo para su generación, la que ya no podía expropiar con fusil en mano ni llevar a cabo un totalitarismo revolucionario, en esto Hugo Chávez fue el díscolo del curso, pues hasta hoy vemos como su mala copia del socialismo real del Siglo XX tiene a un país en las ruinas, entre el hambre y el exilio.

Así esa izquierda adulta se vio envuelta en la más grande putrefacción institucional de la que se tenga registro en el continente, mientras su hija, la izquierda lais que se reproduce en las universidades al fragor de los derechos gay y las funas por acoso, totalmente distante de la administración del Estado si no es para recibir financiamiento para la causa de turno, ve con espanto que el poder se le fue a su madre de las manos y la derecha real, la que había estado dormida por quizás 40 años vuelve a decir “NO” a todas las agendas revolucionarias, tanto las viejas como las nuevas.

Hoy hay un llamado general en la izquierda a la ‘autocrítica’, y las dos izquierdas se culpan mutuamente por el fracaso.

La izquierda joven se horroriza por el desastre de corrupción que la izquierda vieja ha generado, la acusa incluso de pactar con ‘el empresariado neoliberal’ en una forma de externalizar la culpa hacia la derecha y el capitalismo.

Mágicamente esta izquierda joven piensa que era tan simple como haber tenido las manos limpias y que sin corrupción de por medio hubieran podido heredar el poder de la izquierda vieja y seguir reformando el mundo hacia la eternidad.

Poco entienden que es parte de la administración socialista inmiscuir hasta el último al Estado en toda actividad política y económica, y que una vez acabado el dinero y con los impuestos e inflación a reventar, los líderes se vuelven creativos a la hora de inventar fuentes de dinero para el Estado y para ellos mismos y sus cortes sultánicas.

La izquierda joven no entiende que no puedes separar al socialismo de la corrupción, pues está en su ADN, así que no sean tan duros con el viejo Lula.

Por su parte, la izquierda vieja y quienes aún le tienen fe, se dan cuenta como la soberbia izquierda joven ha maltratado al pueblo, al ‘facho pobre’, el que podría recibir la canasta social y dar su voto a la izquierda, pero que no quiere matrimonio gay ni propaganda al respecto al alcance de sus hijos. Ese pueblo para la izquierda joven está anclado en el fascismo heterosexual patriarcal, y prefiere humillarlo y reírse de él en vez de mendigarle el voto, porque la izquierda joven ve en su metro cuadrado lleno de diversidad y marginalidad -para la foto en instagram- algo mucho más valioso que las elecciones, puesto que el Estado es más bien una alcancía de la que sacan educación, aborto y pensiones gratis y observatorios contra el acoso callejero ojalá en cada esquina.

La izquierda vieja también culpa, para variar, a la izquierda joven de entregarse a los ‘vicios del neoliberalismo’ y de hacer la revolución por Twitter y no con la gente.

Poco entiende la izquierda vieja que el avance del capitalismo es tan implacable que la izquierda joven se pasa fumando la hierba de asumir que tendrá que pelear al capitalismo desde dentro, o al menos a eso juegan, porque les tocó haber nacido en la época más próspera del último siglo y están lejos de visualizarse en un estadio anterior de la historia.

Lo que no hay que dejar de tener en cuenta es que ambas izquierdas tienen razón en ver los defectos de la otra, (dejando la vieja confiable del ‘neoliberalismo’ de lado), pero ninguna tiene razón en que su propia fórmula sea la correcta. Ambas se han alimentado del fracaso y del odio interno, ambas están proclives al desfalco económico y ambas atentan contra los principios de la acción humana, sellando para sí mismas un destino catastrófico.

En este escenario, lo peor que podría pasar es que de tanta ‘autocrítica’ aparezcan los que añoran a la izquierda anciana, la que entre Lenin y el Che se hartaron de todo y bajo este lema de ‘volver al pueblo’, justificaron fusil en mano las peores aberraciones contra la humanidad de las que haya registro.

Si la izquierda se hace autocrítica ojalá sea para convertirse y disolverse, no para reivindicar cualquiera de sus fórmulas fracasadas de antaño.

*Juan Cristóbal Demian es cientista político de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Se desempeña como Coordinador General y columnista del Centro de Estudios Libertarios.